Hola hola a todo el mundo ^^
Hoy vengo con una reflexión. Es algo que se me ocurrió y creo que es algo bastante real. Como intento hacer, por más que parezca todo dramático, siempre dejo una puerta abierta a la esperanza.
Espero que os guste ^^
Somos frágiles, muy frágiles. Nos creemos en muchas ocasiones invencibles, pero, ¿acaso es eso cierto? Un simple resfriado, causado por un ser, o un ente, invisible a nuestros ojos, puede provocarnos consecuencias irreversibles. Un simple golpe en la cabeza, causado por una tonta caída, puede provocarnos secuelas incurables. Unas meras palabras mal entendidas pueden desembocar en un sentimiento terrible e insostenible. ¿Significa eso ser los mejores?
Me aventuraría a decir que las heridas más profundas, las que más duelen, no son las físicas, sino las emocionales. Podemos estar débiles, podemos tener la enfermedad más grave, y aún así seguir avanzando, afrontarlo con una sonrisa, con un verdadero signo de alegría. Sin embargo, no pasa lo mismo cuando un amigo nos deja, cuando un familiar se va, cuando lo mejor es dejar a tu pareja. El desamparo es considerable. La desesperación está presente. Las ganas de seguir han desaparecido. Te sientes solo, apartado, quieres y a la vez odias la soledad, pero es la única compañera que te queda. No hallas nada que te alivie, ves un túnel sin final, el camino está lleno de piedras. El vacío es tal, que no nos importa morir.
Eso nos hace ser egoístas. Queremos que todo vuelva a ser como antes. Queremos que todo se arregle. Queremos que esa persona vuelva. Nos obcecamos con querer volver a nuestro estado de equilibrio y no vemos más allá. La niebla de nuestra cabeza no deja que podamos adaptarnos a la nueva situación, ni tampoco nuestro "sentido común" quiere ver los cambios. Perdemos la capacidad de adaptarnos.
Sin embargo, eso no es verdad. La adaptación es algo que nos viene de serie y no desaparece por arte de magia. El problema es no querer verlo. Podemos creer que no sabemos verlo, pero no sabemos porque nos hemos puesto unas gafas negras, más oscuras que las de sol, que solamente nos permiten ver sombras a nuestro alrededor y nos empeñamos en seguir manteniéndolas a toda costa. Si las llevamos mucho tiempo, incluso llegan a controlarnos, no siendo capaces de decirle a nadie lo que nos pasa, aunque ya lo imaginen, no articulando palabra a nuestro favor, aunque queramos, ni queriendo dar un abrazo por miedo a una infección emocional, aunque lo necesitemos. Eso no nos sirve, nos frena, nos impide vivir.
La mejor opción reside en el respeto a uno mismo. No todo lo que sentimos está mal, no todo nos tiene que salir bien y no siempre tenemos que vivir tomando como referencia un hecho negativo. La verdadera fortaleza consiste en saber avanzar entre el caos.
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martes, 11 de agosto de 2015
Fragilidad
miércoles, 24 de diciembre de 2014
Remanso de paz
Un pequeño día de vacaciones relaja el cuerpo y descansa la mente. No es necesario coger el coche, no es necesario coger un tren, ni tampoco hace falta coger un autobús, la mejor manera de viajar es caminar. La compañía es importante, pero no indispensable. Un largo paseo perdiéndose en los pensamientos puede ser constructivo. El final del trayecto no importa. No es necesario irse a la otra punta del mundo, ni a la otra punta del país, ni a veces tampoco salir de la ciudad, sólo encontrando un rinconcito donde disfrutar del día basta. A veces nos ahogamos en un vaso de agua, cuando es suficiente alzar la vista para darnos cuenta de que el agua ha desaparecido.
Todos tenemos circunstancias que nos asfixian. Nos absorben la energía hasta el punto de casi no tener ánimos para nada. No tenemos tiempo ni para pensar que necesitamos un día libre, un día donde podamos ser de verdad nosotros mismos. Cuando, por alguna razón desconocida, caemos en la cuenta de que necesitamos liberarnos, salimos del caparazón. Y es en ese momento cuando empezamos a dejar de ser almas extraviadas. Disfrutamos de cada instante, de la ligera brisa del viento, de los tenues rayos de sol iluminando nuestra cara, de cada paso que damos, de cada pequeño sonido que llega a nuestros oídos. Al llegar a este punto, entramos en un remanso de paz que nos cuesta abandonar. Una gran calma nos irradia, querríamos permanecer siempre en un estado así.
¿Pero acaso es eso posible? Podría ser. La brisa nos activa en la medida justa para devolvernos la energía perdida por el camino. El sol nos recarga las pilas para seguir viajando un poco más. El nuevo paso que damos nos acerca hasta la meta que queremos alcanzar. Cualquier sonido se convierte en una agradable melodía que no sale de nuestra cabeza. Estamos listos para cargar la mochila con nuevas experiencias. Llevamos un pequeño bolso repleto de perseverancia. No olvidamos las zapatillas que nos impulsan a correr. Y aún así no siempre alcanzamos las expectativas previas. Pero todavía seguimos en pie, seguimos firmes aunque no lo creamos y controlamos la situación más de lo que estamos dispuestos a aceptar.
Así que ya no valen las excusas. Las metas se persiguen, los sueños se cumplen y los triunfos se logran.
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