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lunes, 2 de noviembre de 2015

¿Papá?

Muuuyyy buenas a todos y todas :D
Ya ha pasado verano y la vuelta a la rutina, como veis, se ha notado mucho. No tengo demasiado tiempo para escribir, y cuando me viene la inspiración, como de costumbre, estoy ocupada haciendo algo y no puedo plasmar mis pensamientos. Por suerte, una profesora se ha convertido en una fuente de inspiración muy potable, de hecho lo que os dejo hoy se me ocurrió por ella.
En fin, os dejo con el meollo del asunto. Sigo atendiendo sugerencias y nuevas propuestas ;) :3



- ¿Cuándo nos iremos, papá?
No obtuvo respuesta alguna. Su padre permanecía inmóvil en el sillón de la sala de estar, como cada mañana, mas aquella no era su forma habitual de actuar. Mientras Mila esperaba una respuesta, su madre la llamaba desde la cocina.
- ¡Mila, ya tienes preparado el desayuno!
Cabizbaja, sin mediar palabra, Mila salió de la sala de estar y se dirigió hacia la cocina.

Entró en la cocina. Dio siete pasos. Llegó hasta la mesa. Cogió la silla. Dio un paso hacia atrás. La apartó. Volvió sobre sus pasos. Se sentó. Sin hambre, se untó mermelada de melocotón en una tostada y le dio un mordisco. Contó los minutos que le costó tomarse la tostada, bueno, parte de ella. Once minutos. No era un tiempo muy dispar respecto a lo que le costaba habitualmente, con la excepción de que de costumbre comía tres tostadas, un tazón de café con un ligero toque de leche y a lo mejor alguna galleta. Su madre se había ido a trabajar, de manera que no le podía recriminar que apenas había nutrido su cuerpo esa mañana.

Marchó a clases ella sola, como todos los días desde hacía unas semanas. Caminó de manera firme hasta llegar a la universidad. Una vez allí, todo se desarrolló como siempre. Libros, bolígrafos, apuntes, palabras técnicas... Pero en sus pensamientos sólo hacía que darle vueltas a qué le pasaba a su padre. Cuando la profesora de la tercera clase acabó su discurso, aquella señal le sonó a Mila como un canto de sirenas. Recogió rápidamente su material, se despidió cordialmente de sus compañeras y salió disparada directa a casa.

Aquel día había tenido clase hasta tarde, de modo que cuando llegara, su madre ya estaría en casa. Y así fue. Abrió la puerta insertando una de sus llaves en la cerradura. Entabló una conversación rutinaria con su madre explicándole cómo le había ido el día, para después ir hacia su habitación a dejar su mochila. La sala de estar estaba más cerca de la entrada, de manera que Mila la vio antes de llegar a su habitación. Algo había cambiado. Se había percatado de ello sin dirigir la mirada hacia esa sala. Sólo pasando por el pasillo, ese lugar llamó su atención. Su madre se había levantado y la había seguido de lejos para ver la reacción de Mila en cuanto viera que había invertido toda la tarde en remodelar y redecorar la sala de estar. Su madre empezó a hablar mientras Mila dejaba la mochila en el pasillo, apoyada en una pared.

- ¿Qué te parece, Mila? ¿Te gusta cómo ha quedado?

Ella inspeccionó la habitación. Dio una vuelta sobre sí misma para cerciorarse de los cambios. Eran tantos que no conseguía enumerarlos.

- Pero, mamá, ¿por qué lo has hecho? No ves que pap-
- ¿Papá? Papá ya no está, Mila. ¡Papá se ha ido!
- No es cierto, está aquí con nosotras. Está en su sillón, como siempre. Míralo.

Ya llevaba varios días viendo a su padre. Siempre estaba en ese sillón que tanto adoraba. Se lo compró el día de su quincuagésimo séptimo cumpleaños. No era extraño verlo en el mismo lugar, pero su actitud estaba siendo diferente. Aún así era real. Su imagen permanecía vívida en su retina. Su cabeza gritaba de incertidumbre, pero el recuerdo acallaba esa voz. No podía hablar con nadie sobre ello, creía que todo el mundo odiaba a su padre. Así, fueron avanzando los días, hasta que, a partir del cambio de disposición de la sala de estar, la claridad del cuerpo de su padre iba siendo menor y menor, tornándose en una imagen poco nítida. Al mismo tiempo, perdía consistencia tras cada hora que pasaba. Fue adquiriendo el ligero toque de un fantasma, una presencia falsa y efímera.

El 18 de diciembre, Mila se levantó rápidamente, como si la cama contuviera llamas en su interior que la obligaban a salir de su habitación. Efectivamente, fue a ver a su padre con esa sensación de desazón. Llegó a la puerta. Apoyó su mano derecha en el marco. Su respiración se detuvo. Se tambaleó. Contuvo sus emociones. Caminó hacia el sillón. Un paso. Dos pasos. Tres pasos. Caminaba pesada, como si la gravedad ejerciera una fuerza diez veces mayor sobre ella y le costara muchísimo avanzar. Tras cada paso que daba, una lágrima empezaba a salir de sus ojos. Cuando llegó delante del sillón, su cara estaba roja, sus mejillas eran océanos de lágrimas y sus ojos irradiaban un profundo pesar. Le flaquearon las piernas, de modo que se quedó de rodillas delante del sillón. Se quedó mirándolo, ahora, vacío.

Fue entonces cuando...
- ¿Papá?
... Entendió que su padre había muerto.


domingo, 21 de diciembre de 2014

Inservible

Muyyy buenaas. Aquí viene la primera entrada "útil" del blog. Ahora descubriréis mi estilo y todo eso, ya que veréis mi talento en su máxima expresión. Vale, eso era broma, pero sí muestra claramente la manera en la que suelo escribir. Mi intención no es llenar esto de entradas así en plan súper dramáticas, pero seguramente las leeréis más de una vez.
Espero que os guste ^^


Tenía la mirada vacía. Nada parecía emanar de sus ojos. Ni un mísero ápice de vida. A la dichosa pregunta de "¿Cómo estás?", siempre contestaba con un simple "Bien". Y todo parecía ir sobre ruedas. Unas ruedas que no eran más que una mera ilusión que los observadores creían real. Unas ruedas que, de existir, estarían remendadas mil y una veces. Unas ruedas que, de tanto remiendo, ya estaban rotas. Algo inservible. Y, en cierto modo, así se sentía ella por dentro, inservible.

La gente pensaba de ella que era una amargada, una aburrida sin remedio. Tanto lo sentía, que finalmente lo acabó creyendo de manera firme. Pero hacía como si nada. Vivía en una burbuja, una burbuja en la que sólo existía ella. Una burbuja donde nada más allá de su extensión importaba. Una burbuja, a su vez, carente de sentido. Cada día que pasaba, su humanidad, la poca que le quedaba, se iba reduciendo. Su humanidad, poco a poco disminuyendo, iba apagándose. Su humanidad, un erróneo pensamiento, se volvió inexistente. Y fue en ese momento cuando se convirtió en un ser frío, carente de calidez, sin ningún cariño.

Estaba cansada de fingir. Hacía ya mucho tiempo que fingía sólo por el hecho de que los demás no se preocuparan. De esa forma, sólo era ella la que se preocupaba por los demás, sin recibir nada a cambio. Tampoco buscaba nada, quizás un poco de aprobación, un poco de comprensión, un poco de preocupación. Pero ya había perdido la esperanza en encontrarlo. Entonces a la frialdad se unió la distancia.

El ser frío, cada vez iba siendo más y más distante. Tanto, que la gente optó por ignorarla, y congeniar con ella lo justo y necesario. Sólo le quedaban sus pensamientos, que, para variar, eran malos y oscuros, dañinos y perjudiciales, inolvidables e inútiles. Mas no podía desprenderse de ellos. Por más que lo intentaba, solamente conseguía recordarlos más y más. Hasta que no le quedó otro remedio que convivir, a malas, con estos simpáticos compañeros.

Y así, fue perdiendo su poca relación con el exterior, hasta tal punto de ser un cuerpo desterrado.